Sombras y polvo

Entró sin hacer ruido, como quien teme despertar algo que ya no está. Buceaba con las manos en el aire húmedo, los dientes apretados por un dolor que nacía en lo más profundo del corazón, y entornando los ojos para no ver el monstruo al otro lado de la puerta, aunque sabía de sobra que no habría ningún monstruo, que nunca habría nada más. 

Todo seguía exactamente igual, incluso su olor, que lo impregnaba todo, aunque con un punto rancio, de aire viciado tras tanto tiempo. El polvo se acumulaba en finas capas que brillaban al trasluz y proporcionaban un aspecto cadavérico a la habitación, como si fuese un enorme animal que un día se movió con gracia y ahora reposase esperando que sus huesos se deshicieran lentamente.

Avanzó, más por inercia que por convicción, y llegó junto a una mesa en la que había un marco de fotos tumbado bocabajo. No le hizo falta ponerlo de pie para notar cómo sus ojos se inundaban de lágrimas gruesas y calientes, que pronto se deslizaron por sus mejillas. Sabía que si dejaba escapar un solo sollozo, no podría parar. Abriría una presa que arrasaría con la poca cordura que le quedaba. Aunque quizá eso era lo mejor que podía ocurrir. Que se lo llevara todo, que no dejase nada más a lo que agarrase, y que ese torbellino de emociones acabase con un dolor que no sabía cuanto tiempo más podría soportar.

Aguantó la respiración durante unos segundos eternos, notando como poco a poco sus latidos iban tirando de las riendas del vendaval, serenando el torrente que recorría todo su cuerpo. Notó cómo su mandíbula se aflojaba. Un instante después lo hicieron sus piernas, dejándole caer contra el polvoriento suelo. Como en las escenas de cámara lenta de las películas: despacio, con suavidad. Hasta que el desmayo también arrastró su mente, y todo se oscureció.

- ¿Estás bien? ¿Te ayudo a levantarte?

No podía ser. Era una mentira más de su dolorida mente. Estaba inventando esas palabras, ese sonido. No podía ser. Él lo sabía, y aún así, su corazón se aceleró, la adrenalina empezó a fluir a toda velocidad. Notó como todo su cuerpo se agitaba y abrió los ojos con fuerza. Tanta que la luz le cegó. Y cuando sus ojos pudieron acostumbrarse, miró alrededor, con ansia. Y al volver a ver, su boca y su garganta se secaron. La habitación seguía vacía.


Comentarios

Entradas populares