Nadie lo sabía
¿Acaso me estaba volviendo loco?
Iba de una habitación a otra, deprisa, corriendo, casi tropezando. Abría las puertas de un golpe, como si así fuese a pillarles a todos in fraganti, escondidos, esperando para darme una sorpresa.
Pero no encontraba a nadie.
Y mis pasos se aceleraban cada vez más, como mi corazón, que empujaba por salir de mi pecho abriéndose paso a través de la garganta.
Seguí corriendo, abriendo puertas que chocaban con las paredes vacías, haciendo un ruido ensordecedor.
Paredes tristes, despojadas de cualquier adorno, cubiertas de un papel pintado, viejo y ajado, que se despegaba en las esquinas como si resbalara lentamente.
Como si me mostrara que mi prisa, mi angustia, allí no importaban. No servían.
Paré en seco.
Tan de golpe que me mareé, y sentí cómo el estómago se preparaba para volcar un líquido caliente y ácido sobre mis pies.
Entonces me fijé en la ventana que tenía a mi izquierda.
Me acerqué, conteniendo el asombro. Frenando mi mente para que la sorpresa no se convirtiera en miedo. En pánico. En terror.
Pegados a los cristales había unos barrotes, gruesos y oxidados, que nunca habían estado allí.
¿O sí?
Miré más allá de ellos, y vi gente moverse.
Allí estaban mi mujer y mis hijos.
Y había más gente. Todos hablaban, se movían, reían, como si nada pasara.
Una luz dorada, cálida, los envolvía a todos.
Me hablaban, y yo me oía responder con normalidad, con alegría incluso.
Como si no estuviera mirándolos, aterrorizado, empapado en un sudor frío que me calaba hasta los huesos, detrás de los barrotes.
Me negué. Me rebelé.
Comencé a golpear los cristales, pero nadie parecía darse cuenta.
Gritaba, hasta notar un dolor punzante en los oídos.
Pero nadie me oía de verdad. Nadie me veía de verdad.
Estaba solo, atrapado en aquella mansión gigantesca y fantasmagórica.
Vacía.
Lúgubre.
Y nadie lo sabía.
Comentarios