Sombras y polvo
Entró sin hacer ruido, como quien teme despertar algo que ya no está. Buceaba con las manos en el aire húmedo, los dientes apretados por un dolor que nacía en lo más profundo del corazón, y entornando los ojos para no ver el monstruo al otro lado de la puerta, aunque sabía de sobra que no habría ningún monstruo, que nunca habría nada más. Todo seguía exactamente igual, incluso su olor, que lo impregnaba todo, aunque con un punto rancio, de aire viciado tras tanto tiempo. El polvo se acumulaba en finas capas que brillaban al trasluz y proporcionaban un aspecto cadavérico a la habitación, como si fuese un enorme animal que un día se movió con gracia y ahora reposase esperando que sus huesos se deshicieran lentamente. Avanzó, más por inercia que por convicción, y llegó junto a una mesa en la que había un marco de fotos tumbado bocabajo. No le hizo falta ponerlo de pie para notar cómo sus ojos se inundaban de lágrimas gruesas y calientes, que pronto se deslizaron por sus mejilla...