Aquí todo era rojo
Y, de pronto, todo desapareció, como si alguien hubiera tirado del cable.
El ruido, el estruendo, los gritos… todo se apagó de golpe.
Sólo quedó mi respiración, áspera, irregular.
Y el latido de mi corazón, brutal, ensordecedor, martilleando dentro de mi cráneo como un animal que quiere escapar.
Cada golpe retumbaba tan fuerte que creí que mi cabeza se abriría en dos, y que al hacerlo me dejaría vacío, inerte, como una carcasa rota.
Pero aquello, en realidad, estaba muy lejos de importarme.
Lejos, lejísimos. Tan distante como el Polo Norte, donde todo es blanco y el aire muerde.
Porque aquí no había blanco. Ni frío.
Aquí todo era rojo.
Un rojo espeso, caliente, que lo cubría todo y se pegaba a mi piel, al suelo, al aire.
No se sabía de dónde brotaba, sólo que no dejaba de hacerlo.
Y ese calor… ese calor denso me envolvía entero, como si estuviera hundido en una bañera demasiado caliente.
¿Era mía la sangre? ¿Era suya? ¿Era de los dos?
No podía distinguirlo.
Intenté moverme, pero mi cuerpo era un bloque.
Sentía su peso encima, aplastante, como una losa que no sólo me inmovilizaba, sino que parecía querer atraparme. Borrarme.
Y entonces dudé: ¿no podía moverme por su peso… o porque mi cuerpo ya no me obedecía?
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