El peso del aire
Mientras recorría la larga avenida, con un paso exageradamente lento, su mirada buscaba ansiosamente unos ojos que le devolvieran atención. Solo encontraba miradas vacías, frías y grises, que se apartaban al notarse observadas.
El ruido de la ciudad le llegaba amortiguado, como escuchado desde el fondo de una piscina: conversaciones que se doblaban sobre sí mismas, el claxon de un coche ahogándose a lo lejos. Pasos rápidos se acercaban y volvían a alejarse, como un péndulo que oscila sobre un escritorio vacío.
Una cafetería cercana esparcía un olor cálido e intenso a tostadas quemadas. Perseguía el rastro con el cuerpo y con la mente, intentando aferrarse a él en el frío vacío de la mañana. Apoyó la mano en la pared húmeda y rugosa; buscaba contacto con la realidad, pero solo sintió frío. El mismo frío que encerraba cada mirada de los transeúntes, repeliéndose unas de otras como polos iguales de un imán, creando un vacío que se podía sentir.
La luz gris del día despuntaba en el horizonte de edificios y se colaba entre las oscuras nubes que se abrazaban, agazapándose más y más, borrando el aire y el espacio donde moverse. Barriendo la ciudad y dejando un esqueleto inerte de hormigón y ladrillo donde no se podía distinguir a nadie. Aunque no había nadie a quien encontrar. Nadie a quien buscar.
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